POLITICA
Lunes, 28 de Septiembre de 2020 | Hace 2 meses

1951: LA “CHIRINADA" DEL GENERAL BENJAMÍN MENÉNDEZ

El 28 de septiembre de 1951, tuvo lugar el segundo intento militar por terminar con la carrera política de Juan D. Perón que culminó en un total fracaso.

LA CANDIDATURA VICEPRESIDENCIAL DE EVITA

 

Hacia fines de 1947, se convirtió en un tema recurrente entre los peronistas la idea de reformar la Constitución Nacional, divulgada antes de las elecciones y apoyada por la prédica nacionalista y antiliberal, pero también conforme con quienes postulaban cambios técnicos o la incorporación a su texto del Decálogo del Trabajador y los Derechos de la Ancianidad. Sin embargo, el tema que en rigor promovió la reforma fue la reelección presidencial. A principios de 1948 se habían formado ligas, grupos y organizaciones de toda especie para proclamar la necesidad de que Perón siguiese en el poder. Su mandato expiraba en 1952, de acuerdo con el Art. 77 de la Constitución Nacional, y la modificación de esa cláusula fue el objetivo aglutinante del peronismo. Aun cuando faltaban tres años para los comicios del 51, era evidente que el peronismo no aceptaba otra conducción que la de Perón, y no confiaba en gestores que, asegurando la permanencia del partido en el poder, permitiesen la rotación de sus elites.

 

Con la sanción de la reforma constitucional del 11 de marzo de 1949 y la posibilidad de la reelección, se originó dentro del movimiento peronista –en especial entre los sectores sindicales- un grupo que impulsaba la candidatura de Eva Perón a la vicepresidencia de la nación. Hugo Gambini atribuye la idea de la candidatura de Eva Perón a Serafín Román Yustine, un caudillo barrial conocido como “El Perón de la 13°”, quien la promocionó a través de un periódico parroquial denominado “Monserrat”. Otros dirigentes lo imitaron, hasta que la CGT tomó la iniciativa y la apadrinó.[i] 

 

La candidatura de Eva Perón fue un hecho político muy particular. Movilizó muchedumbres, culminando en una impresionante manifestación: “El Cabildo Abierto del Justicialismo” convocada por la C.G.T., el 22 de agosto de 1951, que proclamó la vicepresidencia para la “compañera Evita”.

 

La C.G.T., conducida por José Espejo, un incondicional de Evita había trabajado duramente organizando una multitudinaria peregrinación a Buenos Aires desde los más apartados rincones del país, proporcionando a los asistentes transporte, alojamiento y alimentos gratuitos. Finalmente se declaró una huelga general para facilitar la concurrencia a la convocatoria. Su objetivo era reunir una multitud de dos millones de personas. En consecuencia, el lugar de la concentración fue la Avenida 9 de Julio, en un escenario montado frente al Ministerio de Obras Públicas.

 

El acto se inició con la exclusiva presencia de Perón, a los efectos de permitir a la multitud reclamar la presencia de Evita. El propósito del encuentro era la consagración de la fórmula Perón – Eva Perón, tal como lo señalaba la convocatoria y los carteles que decoraban el escenario. A las cinco de la tarde Eva Perón se hizo presente y dirigiéndose a la multitud señaló que estando Perón al frente del gobierno el cargo de vicepresidente era tan sólo honorífico y que el único honor al que ella esperaba era el cariño de su pueblo. Ante la insistencia de la multitud, Evita pidió cuatro días para dar una respuesta definitiva. Pero, debido a la presión ejercida por Espejo, incitando a los asistentes al acto a no desconcentrarse hasta que la “abanderada de los humildes” diera una respuesta, a las diez de la noche, finalmente Evita consintió en hacer lo que pueblo le pidiera.

 

No obstante, no estaba dicha la última palabra al respecto. En un discurso radial difundido el 31 de agosto Evita comunicó su irrevocable decisión de no presentarse como candidata a la vicepresidencia. “No renuncio a la tarea –dijo Evita con voz desgarrada-, sino solamente a los honores. [...] No tengo... más que una sola y grande ambición personal: que de mí se diga... que hubo al lado de Perón una mujer que se dedicó a llevar al presidente las esperanzas del pueblo, y que a esa mujer el pueblo la llamaba, cariñosamente, Evita”.[ii]

          

Desde comienzos de 1950, aunque la gente lo ignoraba, Evita se encontraba enferma de cáncer. No se había atendido a tiempo, desechando el consejo de los médicos. Cuando finalmente aceptó operarse fue demasiado tarde. Eva Perón moriría tan solo once meses después el 26 de julio de 1952.

 

La candidatura de Eva Perón tuvo profundas implicancias tanto dentro como fuera del movimiento peronista. En las filas peronistas significó el alejamiento del ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, Coronel Domingo Mercante, un hombre de absoluta confianza de Perón y uno de los artífices del 17 de octubre de 1945, quien era el candidato natural a la vicepresidencia. Fuera del peronismo provocó una fuerte conmoción en las Fuerzas Armadas que se negaban a aceptar la posibilidad de que una mujer pudiera acceder a la presidencia de la Nación y por consiguiente a la Jefatura de las Fuerzas Armadas.

 

LA CHIRINADA DE MENÉNDEZ

 

Hasta ese momento, las Fuerzas Armadas eran –junto a los sindicatos- las piedras básales del edificio peronista. Por lo tanto el régimen les dispensaba un trato especial en cuanto a sueldos, ascensos –se aumentaron los cargos de oficiales superiores y se redujeron los de oficiales subalternos- y prebendas varias. Esto significó entre otros aspectos una política de reequipamiento y adquisición de pertrechos militares de la Segunda Guerra Mundial, aumentos de salarios superiores al promedio, construcción de barrios militares y en especial el irritante tema de las licencias para adquirir automóviles. Perón, para cosechar voluntades entre los militares, otorgaba a los generales y otros oficiales de alta graduación licencias para importar vehículos. El agraciado podía comparar el auto o vender la licencia con una importante ganancia. El favoritismo que esta práctica implicaba amargaba a quienes no resultaban agraciados, así los oficiales subalternos solían calificar de “general Cadillac” a los mimados del régimen. Sin embargo, el malestar entre los cuadros de oficiales comenzó con la imposición de asistir a clases de “doctrina nacional”, nombre con el cual se pretendía encubrir el adoctrinamiento peronista.

 

Otro motivo de malestar entre la oficialidad era el tratamiento particular que merecían los suboficiales. Perón que había servido como oficial en la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral conocía profundamente la mentalidad y aspiraciones de los suboficiales. En 1948, otorgó el derecho de votar a los suboficiales y aplicó una política tendiente a jerarquizarlos con buenos sueldos, viviendas y becas para sus hijos en el prestigioso Liceo Militar General San Martín. Tales halagos hacían sospechar que se los pretendía captar como una suerte de “comisarios políticos” por parte del gobierno. Los oficiales afirmaban que estas prácticas atentaban contra la disciplina y el orden jerárquico, esenciales para el funcionamiento de las instituciones militares.[iii]

 

Mientras que un grupo de generales de alto rango – Sosa Molina, Jauregui, Lucero y otros- se complotó para “vetar” la candidatura vicepresidencial de Eva Perón. Otro grupo –formado principalmente por oficiales jóvenes encabezados por el viejo general Benjamín Menéndez- pretendía ir más allá, se proponían derrocar a Perón y retrotraer el reloj de la historia a 1943. Mientras que los primeros se conformaron con arrancar al presidente la renuncia de Eva Perón, los segundos decidieron pasar a la acción con el apoyo de varios dirigentes civiles.

 

El 1 de agosto de 1951 estallaron bombas en varias estaciones ferroviarias cercanas a Buenos Aires y se cometieron algunos actos de sabotaje en las vías, sin mayores consecuencias. Los responsables eran algunos ferroviarios que no se resignaban a la violenta ocupación de “La Fraternidad” por elementos peronistas, y jóvenes universitarios de la FUBA vinculados al radicalismo, algunos de cuyos dirigentes, como Miguel A. Zabala Ortiz, participaban también de la conspiración de Menéndez y habían realizado los atentados para crear el clima de inquietud necesario para posibilitar el éxito del movimiento militar.

 

Si bien el jefe era el general Menéndez, un viejo conspirador contra los gobiernos de Justo y Ortiz de ideas nacionalistas, que después de una vida agitada marcada por duelos, desafíos y conspiraciones, se encontraba en situación de retiro, pero conservaba gran prestigio dentro del Ejército y contactos con la oficialidad joven a través de sus dos hijos, ambos oficiales de caballería.

 

En realidad, el principal animador de la conspiración había sido el general Eduardo Lonardi, por entonces comandante del Primer Cuerpo de Ejército con sede en Rosario, otro prestigioso militar del sector nacionalista del Ejército que mantenía un antigua enemistad con Perón donde no faltaban cuestiones personales. Según relata Robert A. Potash[iv] en 1937, Lonardi reemplazó a Perón como agregado militar en Santiago de Chile. Perón, que había dispuesto una transferencia de materiales con violación a las leyes chilenas de espionaje, dejó encargado a Lonardi que recogiera los datos sin informarle previamente acerca de la naturaleza o ilegalidad de la operación. Lonardi cayó en una trampa que las autoridades chilenas habían preparado a Perón, y aquél fue arrestado y alojado en una comisaría de policía de Santiago hasta que el embajador argentino pudo lograr su libertad. El episodio estuvo a punto de interrumpir la carrera militar de Lonardi, pero se le permitió continuar en parte gracias a la intercesión de su amigo y condiscípulo Benjamín Rattenbach, que estaba relacionado con el ministro de Guerra. 

 

Hacia fines de 1949, un grupo de oficiales, alumnos, profesores y miembros del personal superior de la Escuela de Guerra, inclusive el subdirector, coronel Pedro Eugenio Aramburu, comenzaron a contemplar la idea de derrocar al gobierno. En búsqueda de un oficial a quien pudieran persuadir de que asumiera la jefatura del movimiento, pusieron sus ojos en el general Lonardi a quien contactaron por medio del teniente coronel Bernardino Labayru.

 

Lonardi comenzó lentamente los trabajos preparatorios del alzamiento, la detención de un grupo de oficiales implicados en la conspiración en junio de 1951 y la vigilancia que las autoridades realizaban sobre Lonardi obligaron a este a reducir su actividad. Entonces la jefatura del movimiento pasó a Menéndez.

 

Menéndez consiguió el apoyo de varios dirigentes políticos: Arturo Frondizi y Miguel A. Zabala Ortiz de la UCR, el Américo Ghioldi por el socialismo, Reynaldo Pastor por los demócratas nacionales, y Horacio Thedy, de los demócratas progresistas, quienes se comprometieron de diversa forma en los trabajos conspirativos.

 

La eliminación de la candidatura de Evita –y con ella, de la principal causa de descontento entre los militares- sin duda influyó sobre las perspectivas del golpe de Estado en marcha. El general Menéndez, sin embargo, siguió firme en su posición y planeó el golpe inminente. La conspiración se realizó principalmente en la Escuela de Guerra y en unidades navales y aeronavales.

 

El levantamiento del 28 de septiembre de 1951 fracasó por su inadecuada planificación y por su deficiente ejecución. Puesto  que daba gran importancia al secreto y al factor sorpresa. Menéndez permitió que oficiales comprometidos en el complot viajaran al interior sin saber que el golpe era inminente. Él y sus colaboradores contaban demasiado con la improvisación y así no previeron que los tanques del regimiento de Campo de Mayo, que esperaban copar, necesitarían combustible, o que los suboficiales se les opondrían. Las demoras ocasionadas por el aprovisionamiento de los vehículos permitieron a un oficial leal y a varios suboficiales entorpecer los planes y alterar los tiempos calculados. Pero el error fundamental del general Menéndez fue de cálculo. Supuso que una abrumadora mayoría de militares opinaba como él y que un valiente puñado de hombres, con un simple desafío al gobierno, concentraría las fuerzas necesarias para derrocarlo. Aunque así fuera, era imprescindible un resonante éxito inicial para persuadir a los indecisos a que tomaran parte en la acción. En ese sentido, el anticuado uniforme de Menéndez, con sus sesenta y seis años y sus voces de mando caídas en desuso –estaba retirado desde hacía nueve años- causaron una penosa impresión entre los oficiales. Además, la pobre columna de tres tanques y doscientos hombres que salió de Campo de Mayo rumbo al Colegio Militar no ofrecía demasiado incentivo a los oficiales que simpatizaban con esa causa pero no estaban resueltos a arriesgar por ella sus carreras.

 

Por su parte, los elementos civiles que habían estado comprometidos en su casi totalidad y entre ellos importantes dirigentes políticos, no habían recibido a tiempo la información de la resolución adoptada por el general Menéndez la tarde del día 27 de septiembre y por lo tanto habían quedado totalmente marginados de los acontecimientos iniciados en Campo de Mayo en las primeras horas del día 28.[v]

 

El levantamiento de Menéndez fue escaso en cuanto a su alcance geográfico, su carácter y su duración. Sus objetivos principales eran las instalaciones de la Aeronáutica y la Marina situadas al noroeste de la Capital y la base aeronaval de Punta Indio. Sólo en Campo de Mayo hubo algunas víctimas, y su escasa importancia –el cabo Miguel Farina, fue abatido en un enfrentamiento que también dejó cuatro heridos en ambos bandos- indica que ese movimiento no estaba resulto a persistir hasta las últimas consecuencias, sino que era un intento de explotar la presunta disconformidad de los oficiales.

 

El general Lucero, ministro del Ejército, pudo reunir una importante cantidad de fuerzas leales y hacer que el general Menéndez se rindiera en horas. Mientras tanto, los obreros peronistas, convocados por la C.G.T., se reunieron para defender al gobierno de un ataque que nunca se produjo. Al rendirse Menéndez, rebeldes de la Aeronáutica y pilotos de la aviación naval que habían dejado caer sobre la ciudad de Buenos Aires una lluvia de panfletos que proclamaban el golpe de Estado abandonaron sus bases ante el avance de las fuerzas leales y buscaron refugio en el Uruguay.[vi]

 

Ante las primeras noticias del levantamiento, Perón firmó un decreto ordenando el fusilamiento de todo militar sorprendido con las armas en la mano y estableciendo el estado de guerra interno. El decreto, luego ratificado por el Congreso en una rápida sesión, se mantuvo hasta el derrocamiento de Perón cuatro años más tarde, salvo los días de elección.

 

La consecuencia inmediata del levantamiento fue alterar aún más el ya tenso clima político argentino. Los peronistas acusaban cada vez con mayor hostilidad a los opositores al gobierno de ser traidores aliados con las potencias imperialistas. La oposición, por su parte, encontraba dificultades que se agravaban sin cesar para hacer oír su voz. Por ejemplo, durante la campaña política previa a las elecciones del 11 de noviembre, los partidos opositores actuaron con desventaja: se les negó todo acceso a los programas radiales. Sólo podían organizar reuniones al aire libre con permiso policial, y aun cuando lograban llevarlas a cabo, con frecuencia eran hostigados por grupos de provocadores. Los principales afectados fueron los miembros del Partido Socialista: sus candidatos a la presidencia y vicepresidencia, así como la mayoría de sus candidatos a diputados, estaban detenidos o permanecían en la clandestinidad.

 

El impacto de la “chirinada”[vii] –como la denominó Perón- de Menéndez en las fuerzas armadas fue inmediato y profundo. Perón reemplazó a sus ministros de Aeronáutica y de Marina, y se ordenó una investigación de la conducta de cada oficial y suboficial durante esa emergencia. Las consecuencias abarcaron no sólo a quienes habían participado activamente en el complot, sino también a quienes tenían conocimiento del intento revolucionario y no habían actuado con energía para reprimirlo. Dentro del Ejército, se inició una depuración de los elementos desafectos al régimen que involucró a sus instituciones más prestigiosas, la Escuela Superior de Guerra, la Escuela Superior Técnica y el Colegio Militar. El gobierno expulsó a algunos alumnos cursantes, otros fueron dados de baja y condenados a prisión, y a otros se los obligó a pedir el retiro. Los generales que estaban al frente de los tres institutos militares fueron reemplazados; uno de ellos, el director del Colegio Militar, que se había negado a sumarse a Menéndez, fue dado de baja y sentenciado a tres meses de arresto.  

 

El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas enjuició por rebelión al general Menéndez y a otros importantes partícipes de su movimiento. Aunque las publicaciones peronistas reclamaban la pena de muerte, el tribunal sentenció al general Menéndez a 15 años de reclusión, a los coroneles Bussetti -4 años-, Larcher –6 años-, Llosa –4 años-, Reimundes –3 años-, Repetto –5 años-, Pío Elía –6 años-, Alsogaray –5 años-. El tribunal se abstuvo de aplicar la sanción más severa de degradación, autorizado por el código de justicia militar.

 

De los restantes 104 jefes y oficiales juzgados simultáneamente, a 45 se les aplicó condenas de 3 a 4 años de reclusión, con las accesorias de destitución y baja. El resto tuvo condenas que oscilaban entre el arresto de seis meses o menos y prisión hasta un año. Otros 66 oficiales que no comparecieron ante la corte marcial porque habían abandonado el país fueron destituidos por rebeldía. Si se incluye a quienes no fueron juzgados por esa corte pero que debieron retirarse mediante procedimientos administrativos, el número total de oficiales en servicio activo que vieron interrumpida su carrera a consecuencia del levantamiento del general Menéndez fue de alrededor de doscientos.

 

En el frente político, repercutió inquietantemente la noticia de la compra, que por expresa decisión de Evita,  realizó la Fundación Eva Perón, de 2.000 fusiles y 5.000 pistolas para su entrega a la C.G.T. Empezaron a circular rumores sobre la posible formación de una milicia obrera.[viii]

[1]

 

[1]

 

[i] GAMBINI, Hugo: Ob. Cit. p. 18

[ii] CRAWLEY, Eduardo: Una casa dividida: Argentina 1880 – 1980. Ed. Alianza. Bs. As. 1989. Pág. 150.

[iii] SAENZ QUESADA, María: La Argentina. Historia del país y de su gente. Ed. Sudamericana. Bs. As. 2001. Pág. 557.

[iv] POTASH, Robert A.: El Ejército y la política en la Argentina 1945 – 1962. Ed. Sudamericana. Bs. As. 1980. Pág. 162 y 163.

[v] LANUSSE, Alejandro A.: Protagonista y testigo. Reflexiones sobre 70 años de nuestra historia. Ed. Marcelo Lugones S. A. Editores. Bs. As. 1988. Pág. 78.

[vi] POTASH, Robert A.: Óp.. Cit. Pág. 188.

[vii] CHIRINADA: Muchos nos preguntamos aún hoy que quiso decir Perón calificando de “Chirinada” el levantamiento de Menéndez. La única explicación que se me ocurre es que Perón conocía en detalle la muerte del matrero y cuchillero Juan Moreira a quien el cabo de la Policía Juan Cirino ensartó por la espalda con la bayoneta de su fusil Remington clavándolo contra una d las paredes del patio de la pulpería “La Estrella”, en Lobos. Recordemos que su abuelo, el Dr. Liborio Perón, entregó el cráneo y la daga de plata de Juan Moreira al Museo de Luján. En este sentido “chirinada” simbolizaría un ataque a traición y con cobardía. Aunque Juan Chirino que perdió un ojo y tres dedos a manos de Moreira no actuó a traición.

[viii] CRAWLEY, Eduardo: Óp.. Cit. Pág. 154.

Autor: Adalberto Agozino

Dejanos tus comentarios